Así mismo debieron pensar los dominicanos que vivieron más de tres décadas a la sombra y a expensas de los vaivenes del poder infinito del generalísimo Rafael Leónidas Trujillo Molina. Si se pidiese a muchos de los que vivieron La Era hacer la caracterización de ese período oscuro de sus vidas, escribirían una sola palabra: “Miedo”

Miedo en los campos y en las ciudades. Miedo paralizando a los que, en lo íntimo, repudiaban al régimen y entre los que, a pesar del miedo se atrevieron a desafiarlo. Miedo que disciplinaba a los funcionarios que movían el engranaje perfecto de su poder y a los jerarcas del Partido Dominicano, sin el cual ese poder no hubiese sido tan eficiente. Miedo como para tener a su servicios a todas las fuerzas armadas, la policía, los órganos represivos, y a un enjambre de sicarios y torturadores, que martirizaban, desaparecían y asesinaban por puro miedo, y así lo robustecían hasta paralizar a la nación.

Ese aniquilador sentimiento no desaparecería con el tirano, en la noche del 30 de mayo de 1961: lo sobreviviría.

El miedo era el fruto más genuino del control asfixiante que se ejercía sobre todos y cada uno de los ciudadanos. Una información negativa podía significar la diferencia entre vivir y morir. Todos estaban en el deber de informar sobre los demás, tejiendo de esa manera una red de la que nada escapaba.

Apenas 17 días después del ajusticiamiento del tirano, el gobernador civil de la provincia Bahoruco remitía al presidente Balaguer la información quincenal que se exigía a todos los niveles, y en la que se debía responder a preguntas como “Situación política y comentarios como resultado de sus observaciones personales”, “Cómo se desenvuelven las actividades en las oficinas públicas”, “Antagonismos entre los miembros del Partido Dominicano: nombres y apellidos”, “Personas que, aún siendo amigas demuestran inconformidad con cualquier hecho político o administrativo. Actividades de esas personas” y “Personas enemigas, desafectas o indiferentes: sus actividades”

Estado en que quedó el auto de Trujillo, la noche del 30 de mayo del 1961, cuando fue ajusticiado. Foto: Archivo General de la Nación.
Estado en que quedó el auto de Trujillo, la noche del 30 de mayo del 1961, cuando fue ajusticiado. Foto: Archivo General de la Nación.

Ese mismo 16 de junio, el encargado del distrito de Sabana Grande de Boya, informaba al sustituto de Trujillo que todo marchaba bien, y que “no existían en el distrito gremios de obreros”. Seis días antes, el síndico de Samaná informaba que los días 23 y 24 de mayo habían sido conducidos detenidos a La Fortaleza 16 alumnos del Liceo Secundario, cuyos nombres anexaba, al estar implicados en “ la práctica de artefactos de terrorismo”.

El 15 de junio, en Cotuí, provincia Sánchez Ramírez, el gobernador civil informaba que “no existían enemigos, ni indiferentes en su demarcación, a pesar de lo cual (...) nuestro estricto celo no decae, a fin de mantenernos informados a tiempo de cualquier rumor, en este sentido”. Para demostrarlo, hacía alusión a la comisión creada, y encabezada por él, para confiscar todo el ganado existente en las dos fincas que tenía en la región “...el traidor Juan Tomás Díaz”. Al día siguiente, Miguel Ángel Jiménez, secretario de Estado de Educación y Bellas Artes elevaba a Balaguer la propuesta de cancelar de su puesto de auxiliar del Liceo Comercial de San Cristóbal a la hermana de la viuda de Juan Tomás Díaz, “... no solo por el parentesco, sino porque un hermano de ella vivía en la casa de Modesto Díaz y no informó nada a las autoridades competentes”

Joaquín Balaguer, quien sucedió a Trujillo en el poder.
Joaquín Balaguer, quien sucedió a Trujillo en el poder. ( )

El 20 de junio, Porfirio Herrera, presidente del Senado, informaba al presidente Balaguer que la Cámara Alta había aprobado, por unanimidad, su mensaje indicando se derogara la Ley 3865, del 3 de julio de 1954, por la cual se concedía una pensión de Estado de RD$60.00, a la señora Mercedes Fernández, viuda de Román, madre del exgeneral Pupo Román.

El miedo tan profundamente sembrado en la sociedad dominicana por Trujillo, y con sangre de dominicanos abundantemente regada, no desaparecería con la desaparición física del dictador. Una muestra de ello, que permitía aquilatar la extensión de las raíces de ese árbol maldito, está en el oficio remitido el 16 de junio por Rafael Paíno Pichardo, secretario de Estado de Interior y Cultos, al secretario de Estado de la Presidencia, donde informaba que, tras expresar el agradecimiento del presidente Balaguer a los obispos por “...sus expresiones de solidaridad formuladas por la pérdida sufrida por la República, el obispo de La Vega, monseñor Francisco Panal, ha respondido en forma tan laudatoria a la memoria y la obra de nuestro esclarecido Jefe (...) que considero que semejante documento debiera reproducirse en extenso en la prensa nacional”

“Hay que matar el miedo”, se tituló la alocución de Juan Bosch al regresar de un exilio de 23 años, leída en la Casa Nacional del PRD, el 20 de octubre de 1961.

“Encuentro al llegar -denunciaba- un estado de agitación que no parece sino provenir, como la fruta terrible de una situación prolongada, del miedo que ha estado padeciendo nuestro país... Estamos a tiempo, todavía, de emprender una cruzada de corazón limpio y brazo fuerte para matar el miedo en este país, ... para que termine el miedo de los opresores a la libertad, y de los luchadores de la libertad a sus opresores”

Aún después de muerto Trujillo, luchar por la libertad, el progreso y la democracia en República Dominicana era equivalente a despertar al terrible Leviatán de las profundidades: bienaventurados los que no tuvieron miedo de hacerlo y enfrentarlo.

Nunca más.

*Eliades Acosta Matos es un reputado historiador y escritor cubano-dominicano. Actualmente es el encargado del Departamento de Investigación del Archivo General de la Nación y ha publicado varios libros sobre la dictadura de Trujillo.


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