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martes, 5 de enero de 2021

OPINIÓN: El general en su laberinto. "El Internacional "

Por TOMAS GOMEZ BUENO 

EL AUTOR es escritor. Reside en Santo Domingo.

   

Es mejor que te respeten porque te quieran y no que respeten porque te teman.

No exijas que te nombren por el título que tú has conquistado con tu esfuerzo. No ponga distancia, no te deshumanice. Acércate a los demás. Los títulos y los rangos tienen su utilidad práctica, pero pueden prestarse a la insania y al despropósito. Úsalos para bien.

La ley nos hace iguales. Con frecuencia, nosotros hacemos mal uso de ella. Podemos usar   la ley para garantizar el orden que permite relacionarnos con dignidad, decoro y respeto con los demás, o la usamos  para enajenar sus designios  e intentar  imponer nuestra voluntad particular.

Los cargos, los rangos y los títulos están concebidos para lo primero, para desde un concepción clara y humana de ley facilitar su aplicación y promover el orden que deriva de ella. Cuando usamos la ley para imponer nuestra voluntad particular pervertimos su propósito.

Dejó mucho que desear ver un general solicitando con insistencia un gesto de reverencia, mientras él transgredía una norma ciudadana. Su autoestima se mostró resentida.  Más que como ciudadano y persona,  él insistía en que lo reconocieran como general. 

Aunque en su afán de reconocimientos y reverencias, no se perfiló como una mala persona, no dejó de ocultar un manejo personal errático con la ausencia de comedimiento, de tacto y sabiduría. Esta situación presionante permitió   ver un  autoritarismo decadente que se debate   en medio de una   crisis de autoridad. No es extraño que estos dilemas repercutan en conflictos de personalidad, en confusión de roles individuales y colectivos relacionados al orden social.

El general se vio atrapado en su laberinto viviendo una confusión, un dilema entre su rango y su deber ciudadano. Todo era innecesario Por su vestimenta, por la forma de hablar y hasta por el vehículo en que andaba, símbolos de prestancia y poder en sociedades como la nuestra, no hay dudas, que el ciudadano en cuestión no necesitaba enrostrarle su rango a estos dos agentes para establecer una relación empática y persuasiva que facilitara los procedimientos de lugar.

Los dos agentes de la Digesett tenían claro su rol, la confusión entre ciudadanía y rango la tenía el general.  Pero su prioridad, su necesidad era hacer sentir su jerarquía militar. Su preocupación no debía ser su rango, probablemente digna y merecidamente alcanzado, su actitud inmediata debía ser acogerse a la norma con cortesía y asentimiento de su falta.

Es hora de comenzar a comprender que las imposiciones particulares y los individualismos en una sociedad plural que avanza en su democracia están de pasada. Como sociedad tenemos que definir propósitos.

Con uniforme militar o sin él, ese joven general tiene la suficiente prestancia y la capacidad de persuasión necesaria  para manejarse con dos  sencillos agentes de tránsito que cumplían con su deber y ante los cuales no había que apelar a títulos para distraerlos de sus obligaciones.

El general, cortésmente, podía aparcar bien su vehículo, asumiendo una actitud ciudadana correcta,  y seguía siendo general. El momento no demandaba un general, sino un ciudadano cortes apegado al orden que la ciudad consigna en su ordenamiento.

JPM

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